
La salida del armario de los problemas de salud mental, esa que ha conseguido que ir a terapia no sea un tabú, que una persona con ansiedad lo pueda expresar sin vergüenza, es una moneda de doble cara. El lado bueno es que le ha restado estigma a trastornos muy habituales; el malo, que a menudo se psiquiatrizan problemas emocionales, se recurre al médico o a la pastilla para solucionar obstáculos de la vida. Y esto está repercutiendo en las consultas. Media docena de psiquiatras explican a este diario cómo se les llenan de personas con este tipo de males, que seguramente se beneficiarían más de otro tipo de ayuda. Esto, inevitablemente, resta tiempo y recursos ―que son muy limitados― a quienes padecen enfermedades mentales graves.
