
La madrugada del 1 de mayo de 1987, Mario Mejías (Santiago, 75 años) estaba en su casa en Lo Hermida, en el municipio de Peñalolén, al suroriente de la capital chilena, junto a su esposa María Donoso y sus hijos, cuando durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1970) irrumpió una decena de agentes: lo llevaron a un sitio eriazo, donde lo torturaron por varias horas y luego lo abandonaron creyendo que estaba muerto. Un mes antes, el 2 de abril, la imagen de Mejías dio vueltas al mundo, cuando en el escenario montado en la población La Bandera, en un acto con miles de asistentes en la visita del Papa Juan Pablo ll a Chile, leyó un discurso que había sido acuciosamente revisado por las autoridades de la época. Pero se salió del libreto y dijo ante el micrófono, desafiando al régimen: “Le agradecemos su visita a Chile en este momento tan difícil. Creemos que usted tendrá un mensaje para que los poderosos dejen el orgullo y el egoísmo y…nos dejen de matar en las poblaciones”.

